I
Son las 17:10 en mi reloj pulsera. Hace cincuenta minutos que la miro. Ella está desnuda sobre mi cama, boca abajo. Este fue mi primer asesinato y lo arruiné. Fue rápido y efectivo. Nada de gritos ni dificultades. En mi cabeza duraba más el momento en que la estrangulaba mientras teníamos sexo en posición de perrito. No ofreció mucha resistencia y todo terminó enseguida. Me lo había imaginado distinto: cuando le ponía el cinturón al cuello y comenzaba a apretarlo, ella forcejeaba conmigo. Y por su tamaño (pesa ciento ochenta y cinco kilos) y su fuerza luchábamos hasta el punto en que casi lograba deshacerse de mí. De todas formas yo contaba con la ventaja de que, por su peso, no iba a ser muy ágil y no iba a poder escapar con facilidad. También había imaginado que el cinturón se cortaba y ella lograba zafarse y golpearme con el velador de la mesa de luz o con algún otro objeto y eso motivara mi cacería por la casa mientras corríamos los dos desnudos, hasta que finalmente la alcanzara y la estrangulara. Eso me hubiera divertido bastante, una cacería humana. Después se presentaría la dificultad de arrastrar su cuerpo, por demás pesado, hasta la habitación para cortarlo y deshacerme paulatinamente de él. Pero nada de eso, no me generó ninguna emoción haber asesinado por primera vez y de esa forma.
Cuando empezó a rondar mi cabeza la idea de asesinar a alguien todo parecía mucho más excitante. Al menos era excitante ver los casos reales de asesinos en donde se mostraba la complejidad psicológica, el modus operandi, las estrategias, la elección de las víctimas, etc. Cuando vi a Nora por primera vez en la biblioteca municipal, me di cuenta enseguida de que sería la víctima perfecta. Obesa, cuarenta y pico de años, con una muy baja autoestima que se manifestaba visiblemente en su abandono estético, parecía una mujer de sesenta y tantos años. Llevaba el pelo entre mal teñido y canoso, siempre descuidado. No se maquillaba, se la notaba siempre agobiada y con el semblante abatido. Incluso cuando uno se acercaba un poco se notaba que no se bañaba asiduamente. Desde hacía años yo frecuentaba la biblioteca pero a ella empecé a verla desde hacía unos cuantos meses. Antes había estado en la oficina de empleos de la dependencia municipal, ahora atendía el mostrador de la biblioteca y se encargaba de entregar los libros en préstamo. No era una persona amable a simple vista, y las primeras veces que hablé con ella no fue muy simpática. Cuando decidí que iba a ser mi primera víctima, me dediqué a observarla meticulosamente. Ella leía novelas románticas de esas que tienen tapas con dibujos de un hombre y una mujer irreales en su desmesura estética, en claro contraste con la vida que Nora parecía llevar. Me di cuenta de que debía acercarme a ella emulando, de alguna forma, a uno de esos héroes de novelas románticas para mujeres abúlicas.
La primera sonrisa que le saqué me llevó un mes y medio. Me fui acercando a ella, buscando en las librerías de nuevos y usados esos títulos de novelas románticas para después consultarlos en la biblioteca. Al principio me miraba con cierta extrañeza pero luego de un tiempo le confesé que era escritor y estaba empezando a incursionar en ese, digamos, “género”. No hizo falta que forzara la conversación con ella, sólo bastó con empezar a pedirle esos títulos y su curiosidad la empujó a hablarme. Todavía recuerdo el momento en que le dije que era escritor y estaba por escribir ese tipo de novelas. En sus ojos apareció un brillo humano de entusiasmo que la sacó por un momento de su apatía por la vida que la circundaba. Fue entonces cuando comencé a sentir que verdaderamente era posible llevar a cabo mi objetivo.
Ahora me doy cuenta lo rápido que pasa el tiempo. Desde aquella primera charla hasta ahora que está muerta en mi cama sólo pasaron tres meses, pero pareció una vida. Empecé por tomar un café con ella en la hora de descanso de su trabajo. Yo fingía pedirle consejos acerca de cómo empezar una novela de ese estilo y ella se desvivía por agradarme. Me daba cuenta de que se sentía atraída por mí y eso me hacía sentir poderoso, que todo estaba saliendo según mis planes. Luego comenzamos a ir al cine, por momentos se sentía desconcertada de cuáles eran mis intenciones porque nunca le hice una propuesta que fuera más allá de una amistad. Ella creía que yo era simplemente un hombre solo e incomprendido en mi sensibilidad de escritor, que de alguna forma es cierto, pero no del modo en que ella pensaba. Tiempo después ya cenábamos en mi casa una vez por semana los viernes. Una de esas noches ella bebió un poco más de la cuenta. Me dijo que no se sentía bien y la ayudé a levantarse para llevarla al sillón. Mientras la llevaba con dificultad, por su peso, me dio un beso al que no correspondí del todo y le dije que estaba alcoholizada y no sabía lo que hacía. Me pidió que le desabrochara el corpiño porque no podía respirar bien. Primero le abrí la blusa, luego metí las manos en su espalda y finalmente con gran dificultad logré desabrochar el corpiño que se le hundía en la carne. Intentó besarme de nuevo pero la esquivé, me tomó la mano y la puso sobre uno de sus inmensos pechos. Después se durmió y al cabo de un rato roncaba con fuerza. La tapé con una manta y la dejé durmiendo, yo me traje un colchón de la habitación de huéspedes y lo puse en el piso al lado del sillón.
Despertamos después del mediodía, era sábado y no teníamos obligaciones. Hice el desayuno para los dos mientras ella se despertaba. Me preguntó si podía bañarse porque se sentía mal por la resaca. Le preparé la ducha y entró a bañarse. Después de un rato que estaba en el baño me metí. No sé si se percató de mi presencia o prefirió hacer como que no se dio cuenta. Su amplia silueta se podía entrever a través de la mampara, incluso cuando se acercaba más al vidrio se veían en detalle los pliegues de su cuerpo. Me desnudé y entré con ella a bañarme. Creo que ella esperaba eso sin embargo igual se sobresaltó un poco. Inmediatamente tomó mi miembro y comenzó a masajearlo. Mientras yo le besaba sus gigantescos pechos, ella frotaba mi miembro con más ímpetu y ya estaba en erección. Se agachó y comenzó a besarlo hasta que se lo llevó a la boca y lo introdujo totalmente. Lo succionó un buen rato hasta que la lluvia se tornó molesta y salimos de la ducha para ir a la habitación. Como todo obeso era torpe en la cama y no sabía desenvolverse muy bien, tuve que tomar las riendas de la situación y conducirla porque si no aquello iba a ser un desastre. La puse boca arriba y de esa forma pude dominar un poco la situación para conseguir algo de placer. Empujé y empujé hasta que ella tuvo un orgasmo que parecía interminable, como el de los cerdos, que dura treinta minutos. Le pedí que se dé vuelta y se pusiera en posición de perrito y lo hizo con gusto. Me di cuenta de que ese sería el momento adecuado para mezclar el sexo con la muerte, aunque suene cursi. Tomé un cinturón mío que había dejado a los pies de la cama sin que ella se percatara y la penetré. La embestí como a un animal y ella gozaba y transpiraba desmesuradamente. Tuvo otro orgasmo y en ese momento le puse el cinto al cuello y tiré con fuerza. Debe haber sido para ella una mezcla de sensaciones muy extraña, pero no puso resistencia. Como si se dejara morir sin importarle. Muchas veces se han visto muertes por asfixia mientras se mastrubaban, tal vez fue algo placentero para ella. El caso es que ella debe haberlo disfrutado pero yo no, esperaba por lo menos algo de sorpresa, miedo, algo por el estilo. No pude disfrutarlo como esperaba, y todo pasó muy rápido, nunca creí que una persona podía morir tan rápidamente. Salí de dentro de ella y su cuerpo cayó con fuerza sobre la cama. Abrí la ducha y me metí. Me entregué a la relajante sensación del agua sobre mi cuerpo, no sé cuánto estuve bajo la ducha. Salí tan relajado que por un momento me olvidé que ella estaba todavía sobre la cama. Me preparé un café y me lo llevé a la pieza. Puse un disco de Diana Krall y empezó a sonar “Cry me a river”, un tema que me gusta particularmente y me relaja. Tomé el café mientras la miraba, dejando que mi mente divagara hasta encontrar la forma de desechar el cuerpo en forma discreta.
II
Apesadumbrado porque las cosas no salieron como esperaba, decidí ordenarme escribiendo una lista de cosas que debería tener, a mi criterio, un asesinato perfecto; y esto es lo que, más o menos, pude dilucidar. Un asesinato perfecto debería contar, según creo, con ciertos determinados elementos:
1) Elección de la víctima: debe hacerse pensando en quién se merece el regalo de la inmortalidad, no puede ser cualquier persona. En mi opinión debe ser alguien a quien la sociedad y el mundo en su derrotero de estupidez no ha tratado del todo bien a lo largo de su vida. Deben ser personas que padezcan de alguna manera el mundo. No se puede caer en eso que muestran las series de televisión en donde los asesinos seriales dejan, más que una escena del crimen, un cuadro surrealista, eso es falso y fantasioso. Al momento de asesinar a alguien no hay demasiado tiempo para crear y dejar las pistas adecuadas pensando en los investigadores. Una escena del crimen debe ser práctica y no teatral porque lo importante es el acto de asesinar y no los restos. Lo que sobra después del sublime acto de asesinar es el resíduo, es la ceniza del fuego con el que se asó la carne del banquete disfrutado.
2) Seducir a la víctima, no forzarla: el excelso arte de la seducción presta sus cualidades para que la víctima camine dócilmente hacia su paso a la inmortalidad dado que, envuelta como está en sus mediocres pensamientos mundanos, no accedería a este fin supremo. Ser asesino implica no sólo satisfacer las propias necesidades sino cultivar un arte que generosamente piense en la víctima como un instrumento de su propia genialidad. Acercarse a la víctima con elegancia y buenas formas habla de un espíritu refinado y sensible, que no se ocupa sólo de la propia satisfacción, como en una suerte de onanismo, al contrario, es amplio y generoso al poner en práctica su don.
3) El lugar del crimen: habiendo logrado, a través de la seducción, un conocimiento de los gustos y placeres de la víctima se debe adecuar el lugar donde se le dará paso a la inmortalidad, de acuerdo a sus preferencias. Si es amante de las flores adornar el entorno con la especie de su gusto. La música es importante para crear el clima propicio en el que la víctima entregará el regalo de su vida. Respecto a la ropa es valioso obsequiarle en el momento del encuentro en que se le pondrá fin a sus días, un vestido o detalle que halague su gusto. Y como punto cúlmine de este secreto arte de asesinar, una excelente cena con un plato bien elaborado por el asesino, completa con gran talento la hazaña que llevará a cabo.
4) Elección del arma homicida: personalmente creo que un espectáculo sangriento es digno de seres innobles y mediocres. La truculencia en un asesinato habla de personas desequilibradas mentalmente y no de sujetos exquisitos. Soy de la idea de que un crimen debe tener el sello de la perfección hasta en el más mínimo detalle y la excesiva desprolijidad habla más de salvajismo y depravación que de un verdadero arte de asesinar. Prefiero el asesinato por estrangulación, se me hace más prolijo y menos escandaloso. Además ofrece la ventaja de que implica menor limpieza al momento de hacer desaparecer rastros. En mi caso, considero que la estrangulación es un método óptimo porque no implica derramar sangre y es pragmáticamente silencioso.
5) El acto de asesinar y deshacerse del cuerpo: la forma de tomar por sorpresa a la víctima puede darse de distintas maneras, todas ellas implican una suerte de asalto por sorpresa, una lucha y el asesinato en sí. Si se tiene en cuenta dejar la menor cantidad de huellas posibles, el momento de abalanzarse sobre la víctima puede darse de dos maneras: con violencia o sin ella. Hacerlo con violencia implica dejar rastros de lucha en la que se desparrama material genético propio y eso a la larga complica las cosas. Si se hace mediante un somnífero o algún narcótico se pierde la emoción de la lucha, aunque con el narcótico adecuado se puede jugar con la víctima previamente a asesinarla, puesto que su voluntad está a merced de su asesino. Pero de todas formas al no oponer resistencia no conlleva la misma emoción y la adrenalina de la batalla final por la vida, que es lo verdaderamente sustancial en este arte: ver cómo la presa lucha por su vida, es un espectáculo en sí. En lo personal prefiero, a riesgo de dejar rastros, la lucha cuerpo a cuerpo porque es más excitante, incluso podría decir que encuentro cierto placer sexual en eso. Y por otra parte es extremadamente bello ver la lucha de un ser vivo por conservar aquello que lo ha hecho infeliz en su existencia hasta ese momento. Una vez producido el asesinato, de la manera más excitante posible, se presenta la menos excitante tarea de deshacerse del cuerpo. En esto también hay alternativas diversas, personalmente prefiero contribuir al ciclo de la vida entregando el cadáver a la tierra para que la abone y pueda crear más vida. El acto de descuartizar un cadáver y ultrajarlo es un acto de depravación contra la naturaleza, eso es para idiotas y enfermos mentales, indivíduos que no sienten respeto alguno por la vida. En mi caso prefiero tratar con respeto el cadáver de una víctima que me proporcionó el placer de asesinarla. Los asesinos que dejan los cuerpos esparcidos en cualquier parte para que los encuentren no son artistas, son enfermos egomaníacos que buscan aparecer en la televisión y en los diarios. Son seres mediocres que buscan la fama inmediata. Yo elijo otro camino: el de hacer esta bitácora para que conozcan verdaderamente la obra de un artista. Aunque soy un principiante todavía, tengo claro que me diferencio de los otros asesinos por la búsqueda de la perfección, de la belleza y la generosidad de otorgarle a mis víctimas la trascendencia, que sin mi acción nadie más conocería sus nombres ni sabría nada de sus tristes vidas.
Por todas estas razones es que no puedo considerar el de Nora como mi primer asesinato. Tendré que encontrar otra víctima para perfeccionar mi método. Ahora no bien termine de publicar estas líneas, saldré a dar un paseo. La noche está estrellada y cálida. La gente sale más cuando la noche es propicia para dar un paseo.
Por todas estas razones es que no puedo considerar el de Nora como mi primer asesinato. Tendré que encontrar otra víctima para perfeccionar mi método. Ahora no bien termine de publicar estas líneas, saldré a dar un paseo. La noche está estrellada y cálida. La gente sale más cuando la noche es propicia para dar un paseo.
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